martes, 13 de diciembre de 2016

El carnaval del año pasado

     El carnaval de Cádiz del año pasado cubre doblemente mis recuerdos como una venda milagrosa. Por un lado me recuerdan el tiempo, una etapa angustiosa de mi vida, la imagen de una lámpara que se repetía todas las mañanas en mi soledad de las 9 de la mañana, que cada día me decía que sería la última, hasta que lo fue una tarde. Me aíslan en un mundo oscuro y frío, de techos altos, donde el desprecio se escurría de forma pasivo-agresiva por el pasillo que iba del salón al dormitorio, en el que siempre fui una intrusa.

    Por otro lado me recuerda que allí estuvo como un método de salvación natural, que me salva de la soledad, que me une al pueblo, a su tradición y a sus voces. El carnaval me libró de nuevo del peso, de la desesperación, me embarcaba en balsas donde podía respirar libertad.  Tu actitud no consiguió quitarme las coplas de febrero y eso hace que recuerde como lo malo nunca pudo con lo verdaderamente bueno. 


Por eso esta comparsa no solo me transporta a Cuba y a Cádiz, no solo comparte conmigo un mensaje social, sino que constata que nunca dejé de ser del todo yo. Ese es el regalo que hace el carnaval, ser de la gente. 


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